Outside is America

Por: Virgilio Ruan

La idea de ver a U2 en la capital de Estados Unidos tocando completo The Joshua Tree, se antojaba suculenta desde el mes de enero en que anunciaron la gira. Tanto tiene de amor y odio con la unión americana el disco que los catapultó al estrellato universal, que tenía mucho sentido verlos en Washington D.C. en el 30 aniversario del álbum.

El día del show por la mañana pasé a una casa en donde cuentan que habita el mal, donde algunos aseguran que la sombra de Lucifer se ve a través de las ventanas.  No, no fui a la Casa Blanca, la vivienda que me interesaba conocer en la ciudad, era el inmueble donde se filmó la película El Exorcista.

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Foto: Virgilio Ruan

Llegué al barrio universitario de George Town, subí y baje por la escalera donde el sacerdote Karras rodaba tras ser poseído por el diablo, en la obra maestra del Terror escrita por William Peter Blatty. Al llegar al portal de la maldita mansión, en lugar de tener en mi cabeza la canción Tubular Bells con la que Mike Oldfield nos ponía la piel de gallina en la cinta, yo no dejaba de tararear Trip Through Your Wires de U2.

Ángel

Ángel o demonio

Tenía sed

Y tú mojaste mis labios…

A 16 km de ahí me esperaban otros espíritus deseosos de ser exorcizados, en un  FedEx Field Stadium, convertido en un gigantesco crisol de colores, nostalgia y generaciones de seguidores de la banda formada por Larry Mullen Jr en 1976.

El coliseo con mayor capacidad de la NFL (85,000 asientos) no albergaba ese día futbol americano, pero si un ritual, una especie de misa con tres clérigos católicos irlandeses, uno inglés y un altar con un gran Árbol de Josué. Un retablo dorado que resultó ser una pantalla de tres pisos de alto y 45 metros de ancho, donde, desde a media tarde se podían leer en alta definición, fragmentos de poemas, obituarios y relatos de vejaciones a los derechos humanos que erizan la piel.

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Foto: Virgilio Ruan

Una vez iniciado el concierto, el gigantesco telón de fondo proyectaría visiones extraordinarias de gusto exquisito, imágenes que una a una comulgan con cada canción a lo largo del recital.

Puños que se enfrentan y se alejan con las palabras Amor y Odio tatuadas en los nudillos, una sórdida banda de música del Ejército de Salvación tocando en medio de la nada, la interminable carretera en el desierto por donde inmigrantes sin rostro caminan a paso lento, y hasta Morleigh Steinberg  (esposa de The Edge) ataviada cual Cowgirl, encalando una bandera estadounidense en el porche de una cabaña abandonada.

Sorbos de un ecléctico coctel de estampas, plasmadas en la pantalla más grande jamás usada en este tipo de espectáculos.

Como en giras anteriores, los ya expertos en diseñar fastuosos montajes, cuentan con dos escenarios. La tarima principal en un fondo del estadio, de la cual se desprende una pasarela como la sombra de un árbol, que se extiende hasta llegar a un menor proscenio entre la gente en la cancha, y es ahí en la pequeña palestra, donde al caer la noche comienza a tocar la cuadrilla de Dublín.

Sunday Bloody Sunday, New Year´s Day, Bad y Pride (In the Name of Love) fueron los primeros temas, cuatro himnos con los que normalmente suelen cerrar sus sets en vivo, pero no en este tour. Esta gira es diferente.

Posteriormente los músicos tomaron el escenario principal, con una indescriptible obertura de Where the Streets Have No Name y a partir de ese momento, en orden interpretarían completa  la obra maestra de U2 producida por Brian Eno y Daniel Lanois.

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Foto: Virgilio Ruan

El Joshua (para los cuates) es una grabación liberadora y poderosa, con letras que aun muerden y curan. Bono, a media liturgia confesó el placer que le causa tocar las canciones del lado B del disco, que empolvadas estaban, y que como en el caso de Red Hill Mining Town, nunca se atrevió a cantar en vivo hasta hoy. Dentro de esas joyas perdidas destacan:

In God´s Country, pretexto ideal para que una bandera Irlandesa formada por luces, bañara a los devotos de San Patricio. Un mano a mano entre Adam Clayton y The Edge enmarcó el tema maravillosamente (Cerré los ojos y por un instante volví a tener 15 años en una sala de la Cineteca Nacional de la Ciudad de México, en el estreno de Rattle and Hum, en película de 35 mm).

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Foto: Virgilio Ruan

Exit, de sonido estridente y fino, tal vez el corte de ese lado del disco que mejor suena en vivo. Bono lo aprovecha para personificar a un bandolero de saco negro y sombrero de fieltro, no queda claro si el personaje se llama Trump, pero se insinúa con la escena de una vieja cinta de Vaqueros con la que se presenta la canción.

Mothers of the Disappeared , el canto a las madres de los desaparecidos en las dictaduras de Argentina, Chile y El Salvador, lastimosamente actual y sobrecogedor, lamento de ecos metálicos y atmosferas etéreas. Al terminar la misma y con ella el set, Bono se despidió diciendo “Gracias, buenas noches” en español.

Tan cerca del Capitolio y tan lejos del cielo, Bono a lo largo de la noche dio más de un guiño a sus varios amigos políticos (algunos en la tribuna) cuyas oficinas se encuentran a menos de 30 minutos en pleno Distrito de Columbia. Todo sea por que en Washington sigan apoyando a sus dos organizaciones (ONE y Red) a recaudar millones de dólares para combatir la pobreza global.

Ultraviolet (Light my Way) llegó como Encore y envuelta en tributo para todas las mujeres. Dedicada especialmente  a las esposas de los miembros de la banda y equipo de trabajo, y para Jordan la mayor de las dos hijas de Bono, quien se encontraba presente. La monumental proyección de video esta vez nos recordó a las pioneras del mundo, rostros y nombres de grandes damas de la historia, desde Khalida Popal hasta las Pussy Riot, pasando por Patti Smith y Hillary Clinton (“Nena ilumina mi camino…” muchos cantaban con rictus de resignación al aparecer el rostro de la ex candidata demócrata a la presidencia de los Estados Unidos).

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Foto: Aaron Alamo

Beautiful Day, Elevation y Vertigo, fue un triplete exultante con suficiente carga de energía, dinamita y Rock & Roll para llegar al clímax de la función por demás satisfecho. Simpático siempre será el poder ver bailar y brincar levantando los brazos a miles de gringos al grito unísono en castellano de “Uno, Dos Tres, Catorce!”.

Poco antes y en contraste, una desgarradora versión de Miss Sarajevo (o con el tipo de cambio actual “Miss Siria”) me fulminó. La interpretación más solemne y pulcra de la noche vino acompañada de un video grabado en Zaatarí, el segundo campo de refugiados más grande del mundo, acompañado del vibrato de Luciano Pavarotti bajando del cielo, y de una joven refugiada siria de nombre Omaima mirándonos fijamente desde Jordania, todo aquello fue un disparo más que al cielo azul, al corazón.

Al terminar el concierto descubrí, que los diablos que busqué sin encontrar desde temprano en otras casas, se me aparecieron en la morada de los Pieles Rojas de Washington. Demonios y ángeles caídos con rostro de añoranza y cuerpo de canción, 21 temas en total que conforman un repertorio casi perfecto. Tonadas de una banda que sigue siendo grande, fiel a su religión, y que continúa, como muchos de nosotros, sin encontrar lo que está buscando.

 

 

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