El banco de Little Richard – ¡Un pianista homosexual –y negro— se ha orinado en el piano!

Por: Christopher Guevara

Para nuestra especie, la existencia en su sentido más elemental, el silvestre, es simplemente inhóspita. No contamos con las habilidades o aptitudes innatas necesarias para enfrentarla de ese modo, sin embargo, al resultarnos imposible adaptarnos al medio ambiente, nuestras características físicas y simbólicas hacen imprescindible que participemos en la construcción de nuestra circunstancia, hecho que desde luego, tiene implicaciones en la constitución de nuestra identidad, dando una forma ‘circular’ a la vida.

Lo agreste de la existencia constantemente exige coraje para entender y hacer frente a nuestra circunstancia, aunque la mayor parte de las veces ésta no se presente como favorable o, siquiera, deseable, y se convierta en un verdadero fastidio (Oh courage… oh yes! If only one had that… Then life might be livable, in spite of everything. Henrik Ibsen en Hedda Gabler -1890-).

Hablo de coraje y no de –digamos— valor, ya que este último se entiende fundamentalmente como resolución del carácter, mientras que el coraje se encuentra definido justo por lo recio de su tesitura o actitud, la impetuosidad, la ira incluso, es decir, habla de cierta insatisfacción.

En este sentido, la permanente asociación, al menos en el marco de la música y la cultura popular, entre el ‘rodar’ (caminar, andar… seguir el curso del devenir) y la roca (la materia o, al menos, un ejemplo ampliamente generalizado y didáctico de ésta cuya peculiaridad son sus formas más elementales, sus principios), es decir, la ‘piedra que rueda’ (en nuestra interpretación, la materia que en su correspondiente circunstancia sigue su propio curso y no el que le impone la inercia), plantea el carácter contingente, indeterminado de la existencia y la irremediable exigencia de afrontarlo con coraje para participar de su curso y no quedar al margen.

De ahí que siempre he entendido el (espíritu del) rock como una de las formas más impertinentes y, por tanto, más arrojadas de confrontar la existencia y de exigirle un lugar propio. Resulta fácil entender la razón por la que, a menudo, el rock se considera una actitud consustancial al carácter juvenil, un rasgo atávico de la juventud.

A diferencia de la mayor parte de los géneros musicales populares, el rock se encuentra dirigido fundamentalmente hacia el exterior, hacia la circunstancia (y razón) de la insatisfacción, abocándose a dar cauce de manera rabiosa a ese sentimiento, de forma enérgica y sin detenerse a calcular consecuencia alguna. La expresión del Rock no suele atender a la expectativa general de la sociedad, reclamando atención a sus dichos pero sobre todo a sus sentidos, a aquello que quiere decir.

Se trata de un reclamo íntimo que cobra sentido en tanto se encuentra dirigido a la sociedad, promotora del sentimiento de marginación y, por tanto, principal responsable del orden que se considera cerrado y excluyente. Ante esa presión, el Rock se levanta como una reivindicación del propio ser, de la identidad que empuja a reclamar –quizá arrebatar— un lugar en el mundo y, en algunos casos, reivindicar el derecho a construir uno particular. La (genuina) rebeldía no existe desprovista de causa.

Y el rock nació justamente dando la espalda a las formas –primero a las musicales y luego a todas las demás—, para abrirse una brecha que luego sería recorrida por otras expresiones sociales y culturales de rompimiento. Por medio de un bofetón, el rostro de la sociedad occidental de los 50 –con la estadounidense como insigne—, ya muy habituada a las comodidades materiales e ideológicas de la posguerra, fue obligada a voltear a dónde no quería hacerlo.

Quizá la gran lección que la juventud entendió de la Segunda Guerra Mundial, fue que – como agriamente sentenciaría el filósofo francés Jean-François Lyotard en los años setenta del siglo XX — aquello que insistimos en llamar ‘la humanidad’, nunca fue un fenómeno consistente, homogéneo, monolítico – como confortable, y negligentemente, insistimos en creer—, sino que se encuentra formado por todas las diversidades posibles, inclusive las más retorcidas. Así, el rock aró el campo para que la expresión de la individualidad fuera posible en los años posteriores.

El mérito de este desbarajuste pertenece a Little Richard (Richard Wayne Penniman). Algunos dirán que el merecimiento podría ser de Bill Haley, sin embargo, su música aún conservaba ese hedor fresón clasemediero de la Big Band, en cambio el frenético Tutti Trutti, interpretado por el pianista góspel homosexual negro que ejecutaba de pie (sin usar el banco del piano, para tener libres las pelotas), hablaba de la ‘vida loca’, de las ganas desbocadas de vivir bajo la norma personal.

De facto, así, orinando sobre el canon de su época, dejando de lado la forma, la medida (mandando el banco a la mierda), Little Richard se volvió el portavoz de las minorías, en especial de la gran categoría que de alguna forma agrupa a todas: la juventud.

Como cualquier otro fenómeno social, el rock cobra sentido en su circunstancia, al tiempo que participa de su formación y cauce, en un proceso de permanente deuda mutua… justamente bajo este entendido será que mis colaboraciones en Rockstorias abordarán el rock: desde su dimensión e implicaciones sociales.

El rock no argumenta, exige pateando el pesebre, tal como con aquel banco de piano que impedía tocarlo con entera libertad.

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