El banco de Little Richard – Larga vida al acetato

Por: Christopher Guevara

Hace poco tuve la oportunidad de visitar una tienda de discos, y me dio gusto ver que las personas siguen comprando acetatos ¿Pues no que el disco es el zombie de los formatos musicales? ¿Pues no que el disco está ‘virtualmente muerto’?

Desde hace tiempo los apocalípticos llaman mi atención, en particular las personas que desean fervientemente ese deceso. Aprovechan cualquier oportunidad para sentenciar la muerte ‘inminente’ del disco… No alcanzo a entender qué esperan obtener tras la desaparición de los formatos físicos, o qué beneficio creen que vaya a reportar a la cultura e industria musicales (tampoco alcanzo a ver algún perjuicio, por cierto).

Si echamos un ojo a los números (a los datos publicados en la página de la Recording Industry Association of America), al menos en Estados Unidos, economía de consumo que constituye uno de los principales modelos en Occidente, las ventas del formato físico insigne de la música no parecen sostener ese planteamiento tan dramático: desde 2003, año en que las tecnologías digitales comenzaron su claro auge en la distribución de la música, el consumo digital y físico, por igual, van en franco incremento.

record-collection

Las compras de discos de vinilo, subieron de casi 22 millones de dólares aquel año, a 430 millones el 2016. Cantidad nada despreciable, ilustrativa de lo poco probable de la tan anhelada defunción, sobre todo considerando que constituye solamente la mitad de lo que en el mismo año ha generado la descarga de álbumes completos, 876 millones.

¿Por qué motivos la industria ha insistido en mantener el mercado del vinilo? ¿Cuáles son las razones por las que algunas personas deciden mantener su afición a poseer una prueba tangible de la música? ¿Qué sostiene ese pilar de lo que algunos llaman el ‘mercado de la nostalgia’ (que incluye desvaríos como los reencuentros)?

Tengo una hipótesis sobre la posesión de la música, y otra sobre la experiencia musical.

Como sucede en una relación estrecha entre dos personas, que se construye y sostiene sobre una compleja conexión entre algunos de los principales rasgos de carácter y valores de ambas, de tal forma, que los involucrados desarrollan una considerable capacidad para sacudirse el uno al otro, la conexión que el coleccionista tiene con sus objetos puede llegar a presentar una profundidad semejante, y volverse verdaderamente honda.

En nuestro caso, al conservar ese objeto musical (un mensaje) la persona mantiene la percepción de que puede escucharlo cuando le venga en gana, y utilizarlo como un medio de referencia espiritual, filosófica, moral y política que siempre estará disponible.

Con cierta razón, para algunas personas los medios digitales no son lo suficientemente estables, seguros, como para tener un control pleno sobre ellos… en otras palabras, si estos fallan, entonces se pierde orientación, se ‘extravía la brújula’.

Sin embargo, si se posee entera potestad sobre el medio de registro, entonces es posible revisarlos cada cierto tiempo con el fin de refrescar ideas y reforzar pareceres y posturas, justo como se hace con las películas o los libros que se vuelven indispensables.

Mi segundo planteamiento tiene que ver con el efecto que el sonido del acetato produce.

El hipster promedio, al igual que el ruco trasnochado (los distraídos pues) defienden a capa y espada el ‘impecable’ sonido del disco de vinilo, cuando lo que se escucha como fondo, un sonido no articulado, un ruido producido por la fricción que produce la aguja al recorrer el grabado físico del disco (el surco), es decir, un defecto, se sobrepone al sonido de la pista musical y, en sentido estricto, la ‘ensucia’ (por cierto, entre más se use un disco los surcos con el grabado musical se desbastan, de tal modo que la calidad de la música se va perdiendo, esa es la razón por la que un disco no se toca en cualquier ocasión, el motivo por el que en verdad es especial).

Una cosa es que el grabado físico del disco represente de forma fiel el comportamiento de las ondas del sonido (es decir, tanto las formas del sonido como del grabado son análogas, se parecen mucho), y otra muy distinta es que se pueda ejecutar ese sonido con la misma calidad utilizando una aguja, esto no es posible (hay que culpar a la física elemental).

En mi opinión, aquello que verdaderamente atrae al público del vinilo, es la experiencia que implica la ejecución de la música que efectivamente representa ese sonido, el ruido.

La reproducción digital del sonido ‘no se escucha’, entonces podríamos decir que hay un hueco entre la grabación, la reproducción del disco y la audiencia. No hay contacto físico entre las partes que dan forma a la experiencia musical.

Esos defectos físicos, no constituyen necesariamente defectos en la experiencia de la apreciación musical, hablan del contacto entre notas, y del que hay entre éstas y las personas que las ejecutan, y quienes las reproducen corriendo formatos musicales físicos.

Se trata de lo más semejante a una ejecución en vivo, es más, el acto de reproducir un formato físico constituye una, no de un instrumento, pero sí de la música.

¿Qué sería del estruendo de Van Halen, sin los sonidos que producen las manos de Eddie Van Halen al recorrer las cuerdas de su guitarra?

Por tanto, me parece que la extinción de los formatos físicos no es una posibilidad seria, lo que está en curso más bien, aunque aún no se trata de una realidad plena, es un proceso de permanente encarecimiento que eventualmente podría volver al disco un objeto premium, al que solamente tendrían acceso algunas élites.

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