El banco de Little Richard – La imprescindible y elocuente sencillez expresiva en el rock

 

Por: Christopher Guevara

Al margen del personaje aludido –necesario en el folclor de cualquier sociedad—, el dicho popular ‘El diablo está en los detalles’ explica de forma sintética, que la forma y funcionamiento de cualquier fenómeno o manifestación de la existencia –que el ‘secreto’ de todo, pues— está en sus partes más elementales, al parecer despreciables, pero que una vez conjuntadas, se vuelven edificantes de realidades concretas que resultan verdaderamente significativas.

El valor de las partes pequeñas es señalado por Albert Einstein en el remate de la introducción a la Teoría general de la relatividad: ‘En aras de la claridad me pareció inevitable repetirme a menudo, sin reparar lo más mínimo en la elegancia expositiva; me atuve obstinadamente al precepto del genial teórico L. Boltzmann, de dejar la elegancia para los sastres y zapateros’.

De esta forma, la mente más brillante que ha dado la humanidad, decidió que la manera más clara y precisa para tratar la esencia explicativa de la Física, consistió en despojarla de sus aspectos más visibles pero menos relevantes, ‘descarnarla’. Generalmente se dice que la compresión de algo consiste, precisamente, en ‘desentrañar’, en sacar la sustancia del asunto para entenderla.

Me parece que no hay forma de explicar los principios de algún tema o fenómeno recorriendo el camino largo, así como no hay modo de generar un vínculo relevante, profundo y duradero, con base en nimiedades. Un árbol como realidad vital tiene como principio la raíz, no la copa. La forma conduce al fondo.

Pocos son los que tienen los tamaños para esquivar los sortilegios de las formas, penetrar la epidermis y explorar en busca del sentido más elemental de las cosas.

La expresión ‘entrañable’ ilustra el punto, la mayor parte de las veces la utilizamos para indicar la base elemental de la realidad en todas sus expresiones, y –de manera muy significativa— para describir el fundamento de las relaciones que las personas establecemos con nuestros semejantes, inclusive con las cosas, ese vínculo que se establece y defiende de forma descarnada –con la entraña—, de tal forma que una relación tejida con las ‘vísceras’ es imprescindible, mientras que una ramplona, efímera, es insignificante.

Más por necesidad que de forma consciente, el berrido que el joven ‘eligió’ como el vehículo para expresar su queja, y dar a luz al rock, tuvo como origen ‘la tripas’.

Sacar ese grito de lo más profundo del alma, se trató de un acto de gallardía mediante el que se decidió encarar la realidad sin tapujos o rubor alguno, así, de forma descarnada, austera pero acertada y contundente, incómoda pero elocuente.

Y fue esa determinación la que caracterizó el acto germinal del rock, aquella que convirtió al grito, junto a la distorsión de la guitarra eléctrica, en sus sonidos protagónicos y principales recursos identitarios y políticos. No hay alguna reivindicación que se realice sin patear el pesebre, no se hacen sobre terciopelo. Los golpes rotundos y convincentes se ejecutan sin mucho refinamiento que digamos.

Esa forma directa, sencilla de expresión, es una señal clara de franqueza y de generosidad. Se trata de un acto de apertura, del ofrecimiento de uno mismo. Es una prueba de la grandeza del espíritu del hombre, del joven, y constituye la principal coordenada moral del rock desde sus primeros pasos.

La austeridad como la medida discursiva del rock, constituye la justa proporción entre su espíritu y su lenguaje, entre su contenido y sus maneras, y lo coloca como adverso a lo exquisito en pos de la claridad.

De esta forma, la ostentación y el artificio como pilares del mensaje –el fingimiento pues— atentan contra el discurso del rock y sus anhelos, manteniéndolo en la superficie a merced de los vientos, sin brújula, tal como lo hizo KISS con el Glam de Bowie, edulcorándolo, descafeinándolo para satisfacer la ‘necesidad’ de rock de las buenas conciencias de los setenta –hay que notar que Paul Stanley y compañía usaban plataformas Disco—.

Únicamente en plena conciencia del nervio primario del rock, es que Bowie logró moverse en muchos de los recovecos de la escena cultural, caso contrario a la banda maquillada cuyos acordes rocanroleros tuvieron como propósito ocultar la falta de contenido, y vestir con los ropajes de la rebeldía, un discurso más bien inmediatista y hedonista que aspiró, únicamente, a ser condescendiente y adormecedor, a cubrir una cuota de mercado.

De tal forma que el ornamento expresivo del rock, el espectáculo, debe ser el vehículo para conducir hacia su mensaje, debe lograr atrapar al escucha y moverlo hacia lo más recóndito del alma, en vez de ahogar lo que tiene que decir.

Así, esta sobriedad y poder discursivo del rock se expresa con elocuencia en lo justo de las playeras de Mick Jagger, en los riffs de Jimmy Hendrix, Link Wray, Keith Richards, Chuck Berry o Jack White, en la sinceridad de Eddie Vedder o el compromiso de Thom Yorke, en lo desafiante de los Young, en la discreción de John Paul Jones o de Ian Curtis, o en el negro que viste Roger Waters, en la humildad personal y musical de Seasick Steve, en la vena obrera de Bruce Springsteen, o en la mugre orgánica de Willie Nelson.

 

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