El banco de Little Richard – El gene juvenil del rock

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Christopher Guevara

Hace unas semanas tuve la oportunidad de asistir a la presentación de una tesis de la Facultad de Artes y Diseño de la UNAM, se trata de una investigación sobre el valor expresivo de la fotografía del rock –no sobre el periodismo gráfico del rock—.

Para quienes nos consideramos ‘roqueros’ y nos interesa analizar la dimensión social del rock, el hecho de que se realicen investigaciones de este tipo es de la mayor importancia, ya que, al menos en México, los temas del rock y la fotografía han sido poco o trivialmente estudiados.

El periodismo ha realizado algunas aportaciones como las de Víctor Roura o José Luis Paredes (Pacho de la Maldita Vecindad), mientras que hace un par de años, el historiador Rafael González Villegas (el ‘Sr. González’ de Botellita de Jerez), publicó una revisión histórica del rock en México (60 años de rock mexicano, Ediciones B), y en el ámbito académico solamente destaca el trabajo de la Dra. Julia Palacios Franco de la Universidad Iberoamericana.

Considerando que, de manera muy sintética pero didáctica y precisa, la fotografía se ocupa de formas y momentos (registra el posible sentido de la realidad por medio del ejercicio del encuadre, cuyos límites orientan la comprensión de la realidad), Minami Garduño intenta responder a la pregunta ¿En qué medida la capacidad expresiva de la fotografía logra proyectar la esencia del rock?

Aunque sin mencionarla de forma explícita, la premisa del trabajo me quedó clara cuando a media presentación la autora sentenció –haciendo un guiño al discurso pronunciado por el presidente Salvador Allende en la Universidad de Guadalajara en diciembre de 1972—: ‘Que los jóvenes no escuchen rock es contradictorio ¡Además resulta ridículo!’.

Desde mi primera colaboración en Rockstorias, sugerí que el rock es consustancial a la juventud, aspectos del mismo fenómeno vital.

Según la mitología latina, la diosa Juventus era la encargada de cuidar de los niños en su tránsito hacia la etapa adulta. Incapaz de hacerlo por él mismo, el adolescente precisa de una ayuda sobrenatural que le brinde claridad y templanza, es decir, el temple necesario para tomar decisiones trascendentes y salir adelante.

De suyo, el carácter permanentemente variable de la existencia demanda de una actitud inconforme –¡¿Cómo se podría estar de acuerdo con algo que está en permanente cambio?!–, de una decisión firme que permita imponerse a la circunstancia…. Exige pues, el aliento y la fuerza del ánimo juvenil.

Así, la juventud es entendida como la fase inaugural, en la que se sientan los términos con base en los que la persona habrá de conducirse el resto de su vida… el problema es que, por lo regular, la inexperiencia, el frenesí y la dificultad y el aparente ‘sinsentido’ del mundo adulto, aparecen pronto para arrojar al joven a los terrenos de la desilusión, el hartazgo y la apatía, frustrando el proyecto esencial de la anhelada libertad, de la autodeterminación.

Esta actitud tan enérgica y vigorizante, subordina el tiempo y el espacio a los designios del ser, supone la victoria contundente e incuestionable de la voluntad del hombre… de forma contraria a como sucede con las demás especies (este sentido entendemos que son desafortunadas).

La postura que vocifera ‘éste soy, y estos mis términos’, es una especie de superpoder que nos abre novedosos cursos de la vida por medio de la superación de nuestras limitaciones, nos permite acceder a una conciencia mucho más amplia y profunda de la realidad –no a una forma de vida ajena a la angustia o la ansiedad, por cierto–.

Ya lo explicó Nietzsche en Así habló Zaratustra a finales del siglo 19: El ideal del hombre, o más bien el ideal que cada hombre tiene de sí mismo, solamente es posible si de forma constante éste se supera y a su circunstancia, si permanentemente cuestiona y rompe sus ataduras esenciales y circunstanciales.

Tómese como ejemplo contemporáneo al octogenario blusero Seasick Steve, quien ilustra de la mejor forma el planteamiento: Tras una vida repartida entre trabajos fastidiosos e intascendentes, hueseo con diferentes músicos y producciones musicales ajenas, descolló públicamente en el 2004 con su primer álbum (Cheap), para convertirse en el objeto del deseo no solamente de sus seguidores (en Europa es un verdadero suceso), sino de colaboradores de la talla de John Paul Jones, uno de los pilares fundamentales del rock.

Armado con instrumentos de cuerda de su propia creación, cuya forma y sonido rayan en el delirio, este ‘anciano’ red neck de Oakland, uno de los principales crisoles étnicos de California, impone condiciones.

Y aunque no se acepte públicamente, ése es el anhelo (quizá la obligación) de toda persona… embarcarse en la permanente búsqueda de sí mismo… roquear lo más duro que sea posible.

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