El banco de Little Richard – El rock y su dimensión política: la libertad de expresión

Por: Christopher Guevara

Por razones que poca congruencia tienen con la lógica de la época contemporánea –hay que tener presente que las épocas, ante todo, se miden por los valores dominantes-, en México insistimos en permanecer estacionados en el pasado, es decir, al no distraer la mirada del espejo retrovisor, nos regodeamos cómoda, pero negligentemente en la medianía, solemos comportarnos como perros que se persiguen la cola dando vueltas sin parar, creyendo que avanzan.

Apenas este mes, precisamente el 12 de octubre –curiosamente el ‘día de la raza’ — esa idea tan perniciosa que da cuenta de algunos de los valores más ridículos de nuestra sociedad— , el ayuntamiento de la Ciudad de Monterrey cedió ante la presión de grupos conservadores y religiosos, así como a una petición de change.org sostenida por 65 mil firmas — por cierto, había que replantearse si los ejercicios de consulta popular verdaderamente tienen algún valor político y social—, y decidió no autorizar la actuación de la banda de black metal Marduk.

Marduk‚ march 2012
Left to right: Morgan, Lars, Mortuus, Devo

Bajo el ‘argumento’ de que la agrupación sueca promueve el satanismo y la blasfemia, en la mencionada petición se podía leer: ‘Este mensaje es para todos los mexicanos católicos y cristianos que sabemos que las batallas contra Satanás se ganan orando; pero la oración debe ser reforzada con actos’, se decidió imponer un criterio –válido como cualquier otro- a todos los demás, se optó por dar la victoria al régimen del pensamiento único.

Vienen a la mente varias inquietudes: si, como aseguran los grupos conservadores, existe una relación atávica entre las expresiones satánicas y la violencia práctica ¿Por qué razón en México, uno de los países con la mayor cantidad de población católica y cristiana del mundo, existe un fenómeno de violencia generalizada, y escalofriantemente normalizada?

¿Por qué, precisamente, en algunos de los países con los índices de desarrollo humano y social más elevados, como Suecia o Japón, con paz social generalizada, e índices de pobreza más bajos, es en dónde florecen, se permiten y promueven todo tipo de expresiones sociales, culturales y del rock, incluyendo las ‘satánicas’?

De suyo, el espíritu de la juventud carece de una sustancia única o predominante, es una expresión que se caracteriza por su plena vitalidad, y patente, irremediable y necesaria diversidad; por tanto, su dimensión social es considerable, tanto, que dio luz al rock como uno de sus principales cauces y recursos expresivos.

Al contrario de la expectativa adulta, que siempre ha pretendido que el joven acepte el ‘lugar que le corresponde’ en la sociedad, por medio del trabajo y el deber moral, la juventud se ha abierto paso en el mundo a patadas, se incorpora a la sociedad a partir de un acto político, de una manifestación de autodeterminación, cuyo primer reclamo es contra el impedimento para ejercer su libertad de expresión.

Siguiendo la misma ruta que inauguró en los 50, el rock se ha enriquecido considerablemente en un permanente intento por abarcar el largo y ancho del espíritu joven –humano-, como consecuencia de un proceso de conocimiento y autoaprendizaje, de adaptación a la circunstancia.

Constantemente, el progreso del drama humano empuja el surgimiento de géneros, subgéneros y estilos del rock, incluyendo, desde luego, diversas formas de vida ‘roqueras’, que ponen de manifiesto las inquietudes que la vida genera a cada momento — ¡Tan solo una búsqueda rápida en Google arroja más de 230 géneros del rock! —.

Ilustraciones justas las podemos encontrar en la búsqueda espiritual del Psychedelic rock del primer Pink Floyd, o la de Radio Moscow que hoy día mantiene en buena forma al género; o con la reivindicación del carácter viril, en el metal de las prolongadas y desmedidas distorsiones del Black Sabbath de Ozzy Osbourne, o con el thrash en los riffs de Kirk Hammett de Metallica, y en los rabiosos porrazos de Dave Lombardo de Slayer.

Así como en la actualización del blues que hizo Keith Richards con The Rolling Stones, o en la de Eric Clapton, Jeff Beck o Jimmy Page con The Yardbirds, así como en su versión contemporánea, expresada en la guitarra de Jack White o en la música de The Black Keys.

Inclusive en el incómodo aspecto escabroso del alma en los exorcismos del black metal nórdico de Mayhem o, precisamente, en el sueco de Marduk.

Así, las distintas maneras en las que el rock se manifiesta, dan cuenta de aquella imprescindible diversidad, que de forma continua pelea por hacerse notar. Efectivamente, ‘el medio constituye el mensaje’ como bien nos lo hiciera notar el visionario profesor McLuhan en los, al parecer lejanos, ‘años 60’.

No es difícil advertir el vínculo que existe entre el reclamo del rock, y el derecho a la libertad de pensamiento y de expresión. Por tanto, sería insensato negar la dimensión política del género y la relevancia que tiene en la sociedad, por más que en ocasiones ésta intente negarlo.

Sin embargo, la información noticiosa e histórica disponible, parece sostener que sucede justamente de forma contraria: existe una relación mutuamente determinante entre la pluralidad y el desarrollo social en todos los ámbitos, de tal forma que la ‘minoría de edad’, se encuentra irremediablemente peleada con la vanguardia del rock.

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