El banco de Little Richard – El parto cinematográfico del rock

Christopher Guevara

Con frecuencia, el cine y el rock –quizá las dos expresiones más representativas de la cultura popular—, coinciden en sus contenidos y necesidad expresiva, en su estado de ánimo o en algún otro aspecto fundamental.

En ocasiones extraordinarias la concomitancia es tal, que se funda un vínculo indisociable que permite que las consecuencias de esos fenómenos tengan un radio mayor de incidencia, y una influencia que trasciende una considerable cantidad de generaciones, que permea instituciones sociales y políticas. Afecta el estado de las cosas, pues.

Es el caso de fenómenos culturales que desde la década de los 50 marcaron el mundo como hoy lo conocemos. En aquella época, por una de esas coincidencias fundacionales, el nacimiento del rock compartió circunstancia con el estreno de la película Rebel Without a Cause (1955, EUA, Nicholas Ray).

rebelde-sin-causa-cine-lima

El rock encontró en esta obra la ilustración más dura y vívida de su estado de ánimo. El conflicto de Jim Stark, caracterizado por el simbólico e imprescindible James Dean, dio sentido al drama de la juventud en los tiempos de la segunda posguerra.

Tras el conflicto bélico, y muy a pesar de que tenía cubiertas sus necesidades materiales, el joven se encontraba deprimido ya que no vislumbraba algún lugar social en el que pudiera hallarse… el único papel que había jugado en la construcción de su mundo era el de carne de cañón, en el frente de batalla y en la sociedad.

Se encontraba muy desorientado y encabronado ya que jamás había sido invitado a asistir al milagro del desarrollo para sentarse en primera fila. Se le había relegado al papel de mero testigo, su parecer e intereses habían sido ninguneados y cancelados por el mundo adulto en cuya construcción no había tenido alguna responsabilidad.

Debido a alguna razón que no comprendía –ya que, en lo fundamental, el mundo adulto simplemente es irracional, ya nos lo enseño y reiteró durante décadas Mafalda— el joven debía asumir la obligación de respetar y ceñirse a ese estado de las cosas, tenía el compromiso –no solicitado— de seguir esa senda que constituía su única herencia social.

Por lo general, el estado de vulnerabilidad de la juventud, producto de su inexperiencia no de su falta de capacidad, permitía al adulto arrinconarlo argumentando que de esa forma tendría un futuro prometedor, y aunque jamás le quedó claro en qué consistía esa idea –me parece que tampoco lo tenían del todo claro sus padres— no tuvo alguna otra opción más que atender la orientación adulta.

El permanente temor que el padre experimenta sobre la posibilidad de que el crío ‘se descarrile’, alimentado por el, la mayor parte de las veces, torpe proceder del joven, lo orilló a regatearle las opciones en pos de lograr un control casi absoluto sobre su vida, lo que le impidió experimentar por sí mismo, y lograr construir o entender una forma de vida propia, es decir, provechosa o apropiada a sus necesidades, intereses y anhelos.

El miedo paterno contagió al joven hasta casi convertirlo en un ser alineado, en una especie de zombie tradicionalista y conservador al que sacude y encoleriza cualquier indicio de cambio.

En uno de los principales planteamientos de El ser y el tiempo (1927), Heidegger sugiere que existen dos formas de entender y vivir, uno –por el que optan la mayor parte de las personas por ser el más seguro y, por tanto, cómodo— que permite al individuo ver y seleccionar de la existencia lo que hay –desde ideas hasta cosas materiales— y adoptarlo, hacerlo propio sin entenderlo o no por completo, el modo ‘interpretado’, como alternativa, también habría otra forma en la que la persona adapta esas cosas preexistentes tras entender su conveniencia en pos de vivir de la forma más plena posible, el modo ‘que interpreta’.

Sin mucha noción sobre las razones, pero con la firme certeza que el mundo le era ajeno y no le satisfacía, la juventud optó por el segundo modo, decidió aventurarse a encontrarle el sentido a la existencia sin el amparo de sus mayores, el clamor fue ‘No sé bien qué quiero –y por ahora no deseo saberlo—, pero sé muy bien qué es lo que no quiero’.

Así, de forma contraria al propósito original del argumento, desarrollado en torno a la inmoralidad ‘congénita’ de la juventud, Rebel Without a Cause se volvió una de las más elocuentes ilustraciones del drama y, sobre todo, las razones de la juventud, perdida en medio del desbocado e inhumano desarrollo material de la sociedad que ahogaba sus aspiraciones y disimulaba mañosamente sus penas.

En la película, el mundo adulto se mostraba incapaz o indispuesto a entender estas inquietudes, al grado que reacciona frente al clamor juvenil de forma adversa y violenta, ningunea al joven inexperto hasta llevarlo a la locura, o la irremediable y urgente rebeldía.

Así, James Dean encarna la resolución que conduce a la mayoría de edad: dejar de asumir para desarrollar ideas propias con el fin de ir encontrando la brújula de la vida, el proyecto propio que redunde en el ser integral.

En este sentido, la figura del ‘desadaptado’ social da cuenta de este proceso de búsqueda de uno mismo, de la ‘piedra que rueda’ hasta toparse consigo misma y con otras que vagabundean con el mismo propósito.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s