El banco de Little Richard – El valor de la tragedia en el rock II

Por: Christopher Guevara

Otra de las vertientes que cobra la reflexión provocada por la desaparición de una persona fundamental, tiene que ver con el –aparente- hueco que deja. El dicho oriental ‘Un hombre es el espacio que ocupa’ describe la inquietud: ¿En verdad queda un espacio por llenar, o una senda que seguir?

La expresión coloquial ‘a lo alto y ancho’, pretende describir de forma exhaustiva la considerable dimensión de algo, dotarlo de una relevancia mayor, volverlo respetable, sin embargo, la mayor parte de las veces ésta no resulta del todo exacta o justa.

El verdadero ‘tamaño’ de algo se define por varias dimensiones, no solamente por las dos que menciona ese lugar común. Si consideramos algo solamente a partir de esas dos, entonces obtenemos un conocimiento parcial de esa realidad, y ese fenómeno, su entendimiento, resulta plano, a todas luces insuficiente.

El entendimiento parcial que aquella expresión sugiere, es enriquecido por la física elemental, cuyo concepto de volumen, este sí, describe de forma rigurosa todas las dimensiones que le permiten a la materia ocupar un espacio bien definido: alto, ancho y fondo (o profundidad).

Estas coordenadas de aproximación al tema de interés, nos permiten  alcanzar una perspectiva completa, y la posibilidad de establecer su relevancia debido a que, precisamente, podemos analizarlo a profundidad, en todas sus dimensiones.

Así, la idea de volumen, cuando se aborda el tema del ‘plano cartesiano’ que estudiamos en la primaria –por cierto-, resulta más atinada para intentar establecer la justa dimensión de algún fenómeno, ya que permite entenderlo en una magnitud mayor, con el fin de dilucidar su sentido y trascendencia.

Como sucede con la narración cinematográfica. La peculiar forma que el cine tiene para contar historias, la manera que tiene para acercarse a la realidad, depende de la ‘mirada de la cámara’.

Este ‘punto de vista’ resulta de la agregación de la posición de la cámara y, sobre todo, su orientación, la expresión ‘emplazamiento’ -muy utilizada en el argot profesional del cine- indica que la forma de ver (entender) y hablar de la realidad es consecuencia del lugar y el sentido de la mirada, que se establece hacia el fondo del cuadro.

Notamos que, por sobre el lugar, resulta imprescindible la dirección. No se trata de lo ‘alto y ancho’, sino de la perspectiva que permite la orientación de la mirada, del fondo de las cosas, del eje de avance por el que corren, por igual, el desarrollo del fenómeno, así como el proceso de su entendimiento.

La noción sobre el desarrollo generalmente suele entenderse con connotaciones positivas, hacia adelante, el progreso y la evolución siempre se colocan de frente, pocas veces, o ninguna, en la retaguardia.

En este sentido, el curso de la existencia avanza por esa línea (dibujada hacia la profundidad de la percepción) que permite, pero sobre todo impone, su constante avance.

Como si una fuerza indescifrable tirara de la vida hacia su permanente e irremediable evolución, tal como lo advirtiera la física aristotélica hace más de dos mil trescientos años: la característica distintiva de la vida (de la realidad), es el movimiento permanente.

Esta idea sobre la característica fundamental de la realidad, el movimiento imperturbable, no admite ‘interrupciones’, no concede pausa alguna, de igual forma en la que una línea hacia el fondo de la mirada no permite ubicar sus límites, esta idea sobre el permanente curso de la existencia, tampoco reconoce los conceptos de ‘final’ o ‘comienzo’.

Frente a ello, resulta lógico plantearse ¿Entonces qué supone la ocurrencia de la muerte? ¿Tiene sentido la idea que define a la muerte como conclusión definitiva de la trayectoria de la vida?

Para intentar responder, hay que entender que la realidad presenta dos aspectos que guardan una relación de mutua dependencia: lo individual y lo colectivo, por tanto, la (posible) respuesta a ambas inquietudes, deberá ceñirse a esos dos ámbitos.

Como reflexionamos en la primera parte de esta disertación (marzo 2019), el deceso de una figura del rock tiene consecuencias prácticas y simbólicas.

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La desaparición terrenal de Keith Flint, Mark Hollis y Dick Dale -por ejemplo- implica una temporada de sufrimiento que se irá diluyendo en el tiempo, en la amplitud de sus círculos personales y sociales, y en la escena (física) del rock -será lamentable no tener contacto con ellos o noticias de sus personas-.

Sin embargo, su desaparición corporal permite que su obra se desprenda del nombre, y pase a la posteridad como herencia cultural, volviéndose interés y responsabilidad de la colectividad.

La obra logra sacudirse las nimiedades del cuerpo, y abstraerse de los sortilegios del mundo para transformarse en patrimonio de la humanidad. Ahora, al divorciarse de su ámbito particular, de la persona, contará con la posibilidad cierta para insertarse en diversidad de escenas y situaciones, para retomarse o superarse.

Así, -por ejemplo- no es difícil distinguir entre el sentido individual y social de la tragedia de Gustavo Cerati, quien simbólicamente falleciera en mayo del 2010, aunque su último aliento lo diera cuatro años más tarde.

En el curso del rock, como en el de la vida, no hay huecos, de ninguna forma la expiración de una de sus figuras implica la de su obra, muy por el contrario, esta cuenta con la posibilidad de reverdecer, y cobrar formas incluso no imaginadas.

No hay principio o fin, la obra es reacia a los términos o plazos, el rock no reconoce autoridad alguna, ni la del tiempo, a quien permanentemente desafía con gallardía para continuar con su eterna búsqueda.

(segunda de dos partes)

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