El banco de Little Richard – La anchura y profundidad del rock

Christopher Guevara

 

Cuando revisamos los temas elementales de física en la primaria, algunas veces el profesor realiza un experimento que consiste en intentar introducir una pluma o algo semejante en un orificio, mientras nos cubrimos un ojo con la palma de la mano… Por lo general no lo logramos al primer intento, ya que al impedir la vista de un ojo, no estamos en contacto con todas las dimensiones físicas de la realidad.

El ejercicio tiene como su propósito principal, hacernos entender la complejidad de las dimensiones que integran a la existencia, y el principio de complementariedad que hace que la realidad sea producto de la agregación de cosas o ideas distintas.

En términos formales, este tema lo abordamos mediante la ubicación de puntos en un sistema de coordenadas aplicadas sobre un plano cartesiano: solamente es posible definir alguna ubicación por medio de la concurrencia de cuatro coordenadas distintas: el ancho (o eje x), el alto (y), el fondo (z) y el tiempo (w), momento o estado.

Como nunca se nos explica que no solamente estudiamos el tema del Plano cartesiano, sino que, sobre todo, intentamos comprender la complejidad y profundidad de la realidad, al abordarla por medio de cada una de sus dimensiones, pues no solemos concederle alguna relevancia… en términos coloquiales, podríamos decir que el propósito de estudiar ese tema, es entender que el mundo es mucho más grande (vasto) de lo que ‘salta a primera vista’.

Entonces, si deseamos conocer algo a profundidad, no basta preguntarse qué es (x + y + z), también es necesario hacerlo sobre el estado de esos aspectos (w)… este planteamiento elemental, sirve para abordar cualquier tema de la realidad.

En esta lógica, el intento por responder ¿Qué es el rock? sigue la misma línea.

Tres –me parece- son los sentidos generales del rock. En su forma más elemental, justo como nació, tema de las primeras entradas de El banco de Little Richard, es una actitud vital cuyos intereses y expresiones se caracterizan por su coraje y sentido contracultural.

Desde luego que también se trata de un género musical, que tiene como sus principales vías expresivas el constante fuera de tono, y la decidida incorporación de instrumentos eléctricos, así como la influencia de distintos géneros.

En su dimensión más amplia, el rock es una escena que cobija a una considerable variedad de expresiones de toda índole, procedentes de muchos ámbitos sociales, políticos, económicos y culturales –quizá de todos-.

Considerando que el concepto ‘escena’, refiere a un lugar cuyas características físicas y simbólicas son propias y propiciatorias, de situaciones cuyo objetivo es ser presenciadas y comprendidas por alguna colectividad, entonces no es difícil utilizarlo para entender, de manera amplia, el fenómeno el rock.

De tal forma que en nuestro marbete caben, por igual, personajes –no necesariamente músicos- cuyo proceder constantemente desafía la norma, como un político destacado, un luchador social o un deportista; el sentido de la expresión común ‘Vamos a roquear’, que por lo general es utilizada como sinónimo de ‘ejerzamos nuestra libertad’ se añade a la lista, o la utilización del término rock como sinónimo de valentía y decisión.

Definida por los aspectos esenciales del rock, la estructura y funcionamiento de este ámbito supone un terreno de permanente exploración, que pretende alcanzar todos los recovecos de la existencia humana, exige pues, además de determinación, capacidad para acondicionarse a las características permanentemente variantes de la realidad.

De allí que el rock sea de lo más exigente con el apocamiento o la farsa, y que no suela perdonar actitudes u obras huecas, carentes de coherencia, sin una propuesta compleja, o sin una trascendencia considerable.

La senda del rock es inmisericorde con la patraña: tarde o temprano, pero de manera lapidaria, se las arregla para deshacerse de cualquier agente nocivo que amenace con vaciar sus principios, su vocación de desafío, o para reconducir el camino desviado.

Así es que no todo podría ser considerado como rock -¡Ni debería!-

Hace más de setenta años la sociología alemana, en voz de Theodor Adorno y Max Horkheimer, explicaron la llamada ‘Industria cultural’ y la ‘cultura de masas’ con base en los principios de estandarización y productividad financiera.

Nos hicieron ver que, por lo general, la cultura producida y distribuida en circuitos industriales era una ‘reproducción de sí misma’, es decir, una especie de ‘remezcla’ de los mismos temas y estructuras narrativas, que tienen como fin participar de un proceso de generación y concentración de riqueza, aportando poco al progreso de los grupos humanos.

Este modelo de sociedad procede de forma muy semejante a un perro cuando trata de ‘atraparse la cola’ dando giros creyendo que avanza, o al de una insignificante mosca que al tratar de escapar por una ventana, no entiende que nunca lo va a lograr… (de ahí lo simbólico –por cierto- de aquella mosca que Walter White trata de atrapar durante todo un episodio de Breaking Bad –que nadie entendió-, o la atención que en más de una ocasión, Donald Draper –Mad Men– le pone a los bichos atrapados en las lámparas de su oficina).

Este proceso generaría los contenidos y situaciones propias de una cultura de la comodidad tan profunda, que rara vez estimula la curiosidad o el desarrollo integral de las personas… todo aquello que siga por el mismo camino, y lo siga recorriendo en un gesto de resignación o de cobarde comodidad, termina atrofiándose y jodiendo lo que le rodea.

Justo como cínicamente lo retratan los obesos mórbidos, hediondos e ineptos de la película Wall-E, el pop más ramplón, y -¡Por supuesto!- esa oda machista al mal gusto, y a la barbarie temática y armónica del reguetón.

Sin caer en el dramatismo del planteamiento de Adorno y Horkheimer, pero aceptando que en una medida mayor es cierto –por más que nos disguste aceptarlo-, podemos notar que el fenómeno del rock, por definición, siempre se encontrará de frente con esta cultura chata y prescindible, debido a que la sustancia de su espíritu se caracteriza por la eterna reinvención, pateando el pesebre, con el fin de no darle vueltas a lo mismo.

Los visionarios entienden que la creatividad no consiste en tratar lo ignorado, o de encontrar lo perdido –eso sería necedad infantil-, sino que se trata de los ‘cómos’, nunca de los ‘qués’. Así es que, efectivamente, por más que lo parezca, afortunadamente no todo puede ser entendido como parte de la escena del rock, o como rock.

Lo siento, que Rubén Albarrán (en apariencia firme promotor de la equidad de género) haya aceptado una colaboración con el bufón machista de Bad Bunny -cuyos padres, resulta evidente, son primos-, no puede considerarse en ningún sentido un acto roquero, o –peor aún- propio de un rocanrolero.

El término que alude a nuestra escena, debe utilizarse con un mínimo de responsabilidad en aras de colocar las cosas en el lugar que les corresponde, con el fin último y –especialmente en estos tiempos- urgente, de mantener el curso del rock en su justa medida, y en su imprescindible dimensión social.

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