El banco de Little Richard – Anima, la más reciente osadía pública del rock

Por: Christopher Guevara

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Desde su fundación en 1997, año en el que hizo mucha plata alimentando la pereza y la obesidad de la audiencia, llevándole hasta su casa materiales en VHS y DVD, Netflix no se ha cansado de patear el pesebre, como lo ha hecho en más de una ocasión con el muy conservador festival de Cannes.

La plataforma tomó la decisión, con base en los datos de su algoritmo -por supuesto- de retomar el formato del cortometraje, y lo hizo de forma estelar hace un mes con Anima de Paul Thomas Anderson, el mismo director de Booggie Nights (1997), y de Phantom Thread (2017), musicalizado por el siempre ‘rarito’ Thom Yorke, con quien ya había hecho sociedad en el corto Radiohead: Daydreaming (2016).

Como pocos, este servicio de transmisión permanente de contenidos ha sido visionario, y ha resucitado el formato audiovisual breve para explotarlo en su circuito comercial. Hay que tener en cuenta que desde hace más de tres décadas este formato dejó de considerarse como una inversión redituable, y gradualmente fue desapareciendo de las salas de cine, hasta convertirse en una curiosidad, excentricidad o práctica estudiantil reservada para el cine club, la escuela de cine o de comunicación.

Anima ilustra de forma muy didáctica la amplitud de la escena y espíritu del rock. Como hemos tratado, la geografía por la que le gusta ‘perderse’, más bien en la que le gusta explorar, es amplia… el rock cruza temas, ámbitos, medios, formas, tiempos, lugares… en fin.

Aunque efectivamente no se trate de un contenido de fácil acceso, Netflix también le apuesta a exigirle a su audiencia, con el fin obvio de que nos involucremos cada vez de forma más estrecha con su servicio, es evidente que esta obra constituye un ejercicio creativo y de cierta espesura.

Tener contacto con obras de este calado, es una oportunidad para preguntarse sobre la esencia de la creatividad, y las bases de la calidad que la vuelven memorable, frente a otras edulcoradas que simplemente entretienen sin dejar mella en el intelecto o el alma.

Trabajos de relevancia como los de Leonardo Da Vinci, Albert Einstein, Sigmund Freud, Friedrich Nietzsche, Nikola Tesla, Fiódor Dostoyevski, Charles Chaplin, Richard Wagner, Alfred Hitchcock, Louis Armstrong o Led Zeppelin, inquietan al punto de preguntarse sobre su naturaleza: ¿Qué es, de qué trata o en qué consiste?), y sobre sus vetas de inspiración y referencias: ¿Cuáles son sus cimientos e influencias?.

Difícil no caer en cuenta que estas creaciones –como las de otros iluminados-, son producto de la identificación de elementos ubicados en la naturaleza, en las inquietudes y sueños del hombre, y en hallazgos específicos de la ciencia y la racionalidad, mezclados de tal forma que sirven a fines prácticos o expresivos concretos.

Así, transportarse con cierta facilidad, en el caso de un invento, o intentar explicar algún fenómeno de la realidad, para el caso de un desarrollo intelectual o creativo, son hechos con base en los que las personas se desarrollan, y la sociedad evoluciona y avanza.

Entre más se enriquezca con un mayor número y variedad de elementos, y sean bien comprendidos, el sentido de una obra abarca un mayor número de aspectos y hendiduras de la existencia -‘dice más cosas’ pues-.

En este sentido, la riqueza y profundidad de Anima, da cuenta de la amplitud, profundidad y resolución de la búsqueda del rock.

La variedad de referencias que erudita y sensiblemente utilizan Thomas y Yorke, les permite proponer múltiples cuestionamientos que, paradójicamente, sería difícil que pudieran ‘caber’ en otro formato, género, formato o duración (caracterizado por su brevedad, al igual que el rock, el cortometraje opta por ahorrarse los rodeos y ser puntual en sus formulaciones, con el fin de provocar con contundencia las sacudidas necesarias, y lograr alguna trascendencia en sus públicos).

La forma expresiva mediante la cual Anima plantea su premisa (desarrollada en torno a la insatisfacción, la curiosidad, la búsqueda, la adquisición de conciencia y la resolución que permite), se encuentra elaborada con base en materiales que van desde el cine musical –evidentemente-, hasta la literatura contemporánea clásica.

Hereda de la forma más responsable, la refinada sincronía de las secuencias de Metropolis, que exponen de la forma más descarnada el drama proletario (Fritz Lang, 1927), las coreografías que con precisión matemática calculó Samuel Beckett en su obra televisiva Quad (1981), la secuencia de acciones que dan forma al relato de Balance (Christoph y Wolfgang Lauenstein, 1989), el sentido del espacio que la diva Lars Von Trier construyó por medio de acciones en Dogville (2003), la toma de conciencia del personaje Winston Smith en la novela 1984 de George Orwell, las atmósferas asépticas y asfixiantemente deshumanizadas de THX 1138 (George Lucas, 1971), y la perspectiva visual que proyecta la profundidad del espíritu humano, y su hondo vacío contemporáneo de Pink Floyd The Wall (Alan Parker, 1982).

Es así como, con decisión y complejidad, Anima representa una de las más osadas aventuras del rock.

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