El banco de Little Richard – El espíritu del rock y el año nuevo

Christopher Guevara

Desde que cobré una conciencia un poco más amplia y honda de la realidad —a principio de los noventa, cuando mis amigos y yo comenzamos a devorar cine alternativo en las salas del Centro Cultural Universitario de la UNAM—, mis intereses se ampliaron considerablemente, así como la necesidad por comprenderlos, con el fin de adquirir los conocimientos y habilidades que creo imprescindibles para salir adelante.

Debido a que en estos momentos es inevitable estar al margen de la verbena navideña y de fin de año —curiosa época que afecta el comportamiento de las personas de forma tan peculiar—, he decidido poner atención en uno de mis añejos intereses: el ánimo desaforada y escalofriantemente entusiasta del que la mayoría de las personas dice estar contagiada en estos días, así como su escaso contacto con la realidad —aunque no las culpo, la mayoría de las ocasiones esa realidad simplemente no se da cómo la deseamos—.

Me parece curioso cómo esas personas consideran que el mero paso del tiempo, la transición de un año a otro, implica que las cosas tienen cierta obligación metafísica de cambiar de tal forma, que a partir del minuto cero del nuevo año, todo resultará a pedir de boca —por cierto, no estoy seguro que el acervo galáctico de la buena fortuna, alcance para tener a todas las personas satisfechas—.

Lamentable y humorísticamente, ilustraciones de esa hueca y fatua esperanza sobran, desde los blandengues que apresuradamente se inscriben a algún gimnasio, o inician alguna actividad física —casi nunca intelectual, habría que notar—, y que anuncian tan relevante acontecimiento con toda pompa en el Feis, aderezado con alguna frase boba que difícilmente esquiva al lugar común, hasta los pusilánimes que ‘hacen un cambio en sus vidas’ —y que, como perritos, siguen persiguiéndose la cola sin parar creyendo que avanzan—.

En todos los casos, parece que las personas tienen más urgencia por creer lo que expresan a diestra y siniestra, que por honrar su palabra… les preocupa más lucir públicamente como personas comprometidas, que por probar su convicción frente a ellos mismos, es decir, se trata más de un ejercicio de propaganda y relaciones públicas que reflexivo, mismo que pretende evadir la responsabilidad propia, para cargarla a la cuenta del destino, o de los demás.

Y es que no hay nada más trágico, que un hombre que decididamente huye de sí mismo; aquel que siendo libre —como todos somos—, decide comportarse como siervo de la circunstancia, como un vencido muy conforme con sus migajas. En el marco de los temas que nos mueven en El banco de Little Richard, eso desde luego que va en contra de todo lo que implica una actitud roquera, que reivindica de manera plena y categórica al ser, no lo evita.

Siguiendo una costumbre que la estación de radio Rock 101 inauguraría hace más de 35 años, junto con mi chica y mi gatita, nos sentamos a escuchar como primera canción del año New Years Day (1983) de U2, tras hacerlo, platiqué sobre las razones por las que me parece, se trata de una lección sobre la condición humana, y una de las expresiones más sensatas de la esperanza.

Considerando que la interpretación de la música es una responsabilidad compartida entre los compositores, los músicos y desde luego, de forma imprescindible, el público, entendemos que este ejercicio permite que el mensaje de cualquier pieza musical, sirva como medio de acercamiento del público con su espíritu y circunstancia, y de vinculación entre los autores, intérpretes y las audiencias.

En la canción, la banda irlandesa —criada en la fragua de la resistencia irlandesa frente a la potestad de la corona británica—, realiza un ejercicio reflexivo sobre el sentido de los ciclos, y el papel que valientemente tenemos la obligación de asumir, para no dejarnos engullir por la existencia, y jugar un papel significativo en su curso.

La letra abre de forma irónica sobre el supuesto ánimo que contagia la circunstancia de año nuevo (All is quiet on New Year’s Day. A world in white gets underway), para luego, de forma lapidaria pero elocuente —incontrovertible—, hacer notar que a pesar de que el orden retorcido de las cosas siga indemne (Nothing changes on New Year’s Day), es preciso enfrentarlo de forma decidida (I will be with you again. Under a blood red sky), ya que se tiene lo único necesario para salir avante: a uno mismo y a los cómplices (Though torn in two. We can be one. I will begin again).

Así, notamos que el fondo del simbolismo que el arranque de un ciclo tiene, se sostiene primordialmente en uno mismo, en nuestra plena convicción, y no solamente en la coyuntura, y los anhelos que en ella inevitablemente proyectamos: nuestras idealizaciones que tienen como fin disminuir la angustia que nos provoca la escasa autoridad que, sabemos, tenemos sobre el porvenir.

Desde la misma posición, inclemente, pero aguda y reveladora, el poeta venezolano Juan Calzadilla aborda el asunto del ciclo: “Tú que celebras, ¿has notado alguna diferencia de ayer a hoy? ¿Por qué tanto alboroto? (…) Tu mirada y las cosas que ves permanecen (…) El cielo sigue siendo de un austero azul neutral. No hay nada nuevo en la forma en que el sol lame la pared de enfrente. (…) ¿Qué te hace pensar que flota en el ambiente un matiz especial de cuya condición efímera se desprenda un estado de ánimo más optimista y diferente al de ayer? (…) El espacio que habitas es el mismo. Tú también.’.

En cualquiera de los dos casos, advierto una hermosa reivindicación del espíritu y la voluntad humanas —expresada como desafío—, que no se entiende sino como una muy madura y esperanzadora mirada sobre el ser, y su decisión sobre el porvenir. La autodeterminación que, como norma, siempre ha definido al rock.

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