El banco de Little Richard – El exotismo de lo hispano y el show del Súper Tazón

Christopher Guevara

Hace años que el futbol americano dejó de interesarme, con la edad, consideré que la duración de los encuentros los hacía aburridos, cambié a los Pieles Rojas por los Pumas —menos perdedores que los de Washington—, y opté por la continuidad temporal del futbol. Sin embargo, aún hay algo que me interesa de ese ámbito: los temas, producción, intérpretes y significaciones del espectáculo de medio tiempo del Súper Tazón.

El revuelo, y diré “distraído” orgullo hispano que ha despertado el último de ellos, protagonizado por Jennifer Lopez y Shakira ha llamado especialmente mi atención.

Históricamente el espectáculo también ha servido para revivir carreras, pero desde hace ya un par de décadas, por razones económicas, sociales e inclusive políticas, no es raro que el evento trascienda su mera ocurrencia. El Súper Tazón tiene (o le buscamos) implicaciones en otros ámbitos, como el debate sobre las transmisiones en vivo que ocasionó el “accidente” con el pecho de Janet Jackson en 2004, o las críticas que grupos conservadores (con mucho tiempo libre) hicieron a las “coreografías provocadoras” de Beyonce en 2013.

Como cualquier fenómeno de esta magnitud, solamente en Estados Unidos fue visto por más de 102 millones de personas, es posible analizarlo desde distintos puntos de vista, y en varios planos de interpretación.

Para el show de este año, la compañía que lo produjo, Roc Nation propiedad de Jay-Z, aprovechó la inercia que lo hispano tiene en los Estados Unidos, para contratar a las dos cantantes: una que serviría como vínculo entre la cultura anglosajona y la hispana, y la otra como delegada de la segunda.

Inclusive, el portavoz de la empresa Juan Perez, ha sugerido que efectivamente se trató de una clase de manifestación social o política: “Alguien tenía que dar una patada a la puerta y recibir el primer tiro. Nosotros somos esa empresa” declaró a The New York Times.

Sin embargo, la decisión se explica con base en la densidad poblacional y la fuerza económica que el mercado hispano tiene en los Estados Unidos, esos 60 millones de latinos (18% de la población total de ese país), ejercen una capacidad de consumo anual de dos mil cien millones de dólares, de tal forma, que sería ingenuo creer que se trató de un acto de reivindicación política o social. Conviene tener siempre presente que el entretenimiento es una industria, y que, por tanto, únicamente de forma extraordinaria u obligada lleva a cabo acciones carentes de algún propósito económico.

A pesar de que efectivamente, la configuración del evento no haya perseguido un propósito social o político como se pretende, pues los niños en jaulas simbólicas, y ‘Born in The USA’ en voz de la hija de Lopez mientras ella mostraba la bandera de Estados Unidos y la de Puerto Rico, más bien son ardides mercadotécnicos muy efectivos para estimular sentimientos facilones, sí cobra relevancia en tanto efectivamente representa dos cosas: el innegable papel que lo hispano tiene en la cultura estadounidense, y la consideración que ésta tiene sobre lo latino.

Frente al encendido ánimo segregacionista que el presidente Trump se ha encargado de promover en la sociedad estadounidense, hoy ya no es posible seguir ignorando que, casi desde la constitución misma del país, la hispanidad forma parte sustancial de la identidad estadounidense.

Y esto, es mérito del drama migratorio que han vivido durante décadas millones de personas, cuya principal preocupación es sobrevivir de la forma más digna posible, así es que desde luego, que los hispanos estadounidenses no le deben algo a las dos divas, a Jay-Z o a la NFL.

Por otro lado, a mi juicio es lo más relevante y lamentable, está lo naif del espectáculo, la involuntaria elocuencia que logró al expresar de la forma más nítida el concepto que los estadounidenses tienen de lo hispano ¡Incluyendo los propios hispanos estadounidenses!.

En su clásico ‘Orientalismo’ (1978), el crítico literario estadounidense Edward Said, identificó al ‘exotismo’ como la forma arbitraria, cerrada o parcial de ver y comprender las cosas y los fenómenos, particularmente a las culturas y a las etnias, tomando como referencia la cultura occidental, entendida como la norma ideal que cualquier sociedad debe perseguir, ya que es el “único” modelo civilizatorio por antonomasia.

Así, el exotismo del show, producto de una insoluble combinación de una versión muy vulgar —lo cual es muy común— de El Rey León, en la que Shakira desempeñó muy conforme y sonriente el papel del ‘buen salvaje’, y de un muy corriente ambiente de cabaret-antro en el que la Lopez hizo de una sedienta cougar —quizá debieron solicitar la ayuda de Dita Von Teese para darle algo de clase al espectáculo—, ofreció distintos indicios sobre la forma relativamente colonialista en la que los estadounidenses ven lo hispano.

Sonidos de percusiones y ritmos tropicales, una producción cuyo concepto creativo fue el estereotipo silvestre y arrebatado de lo latino; vestuarios exóticos de toques arabescos, una cantante hispana y otra de origen latino luciendo frondosas cabelleras teñidas de rubio cuya espesura fue insuficiente para disimular su tez morena; una, la colombiana, despeinada, ‘al natural’, y otra muy cuidada en su arreglo; o los sonidos tribales que con la lengua nos dedicara Shakira.

Las reiteradas frases, canciones y los agradecimientos en castellano, el abrazo de JLO que Shakira lastimeramente buscó, como Pocahontas mendigando el amor del ario de John Smith —¡Lo que sea por “mejorar la raza!” —, en fin…

Todos estos aspectos explican el lugar tradicional, poco desarrollado y marginal en el que los estadounidenses tienen a lo hispano, y aunque es de esperarse —en el marco de lo comercial, es indispensable vaciar de sentido cualquier expresión cultural si es que se desea volverla rentable—, en este caso es particularmente lamentable, que inclusive la mayor parte de las personas latinoamericanas en Estados Unidos, estén conformes con esa forma de ver y entender las cosas; comparten pues una postura conservadora y colonialista que constituyó la medida de ese ahuecamiento, reduciendo lo hispano a —como dijera Anthony Giddens— la baratija de aeropuerto.

Como resulta evidente, esta alineación o subordinación de lo latino al marco de referencia estadounidense en absoluto es roquero, por más que Jay-Z haya hecho tocar la guitarra eléctrica y la batería a Shakira, —además de faltarle seriamente al respeto a Led Zeppelin, rasguñando algunos acordes de Kashmir—.

Una de las vocaciones no escritas, pero más evidentes y vigorosa del rock, es precisamente empujar a que las cosas tomen el cauce que les corresponde, y al menos este año, la matriz hispana de la cultura estadounidense sigue ocupando el lugar poco trascendente de siempre, del que de vez en cuando es retomado como un vulgar divertimento o curiosidad antropológica.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s