El banco de Little Richard – Sobre la arbitrariedad en la apreciación de la cultura

Christopher Guevara

Frente a lo complejo y aparentemente caótico de la existencia, las personas tendemos a ordenar o a clasificar los fenómenos de la realidad, con el fin de comprenderlos y enfrentarlos de la mejor forma, sin embargo, al seguir ese proceso a menudo caemos en reduccionismos y generalizaciones.

Con base en nuestros deseos y prejuicios —las manifestaciones más primarias del egoísmo—, solemos asociar caprichosamente los eventos de la existencia con criterios o categorías que poco o nada tienen que ver con esa realidad que pretendemos describir y explicar. Como resultado, establecemos una relación falaz y poco provechosa con la realidad.

Tomamos solo una parte para “entender” el todo (como lo estrafalario de la vestimenta de alguien como expresión íntegra de su carácter, capacidad o valores), estereotipamos pues, nos saboteamos, privándonos de acceder a niveles más sofisticados de desarrollo y dicha.

Frecuentemente actuamos de forma arbitraria, a pesar de reconocer que nuestras ideas o comportamiento carecen de un fundamento racional. En este sentido, quizá la cualidad definitiva que nos distingue de las demás especies, es nuestra capacidad —al parecer innata— para actuar en contra de nuestros intereses más sustantivos: Nacemos sin el gen de la sensatez.

Al aprender y proceder de esta forma, nos extraviamos en un mar de sensaciones y experiencias que, al no entenderlas del todo, nos hacen optar por relacionarnos con ellas de forma frívola —fácil, temerosa y negligente, poco profunda y estéril—, por lo que nuestro mundo así como las posibilidades para aprovecharlo, se reducen considerablemente.

Así, por voluntad elegimos quedarnos en la caverna metafórica de Platón, y rebajar nuestra existencia al nivel de una bacteria. En este sentido, cabe señalar que por más que lo deseen el racismo y el clasismo, no nacen seres humanos “de primera” y “de segunda”, es por circunstancia o convicción que vivimos de una u otra forma.

En esa situación de desventaja y vulnerabilidad, considerando que formamos parte del mundo, no es difícil darse cuenta que entonces tampoco es posible aspirar a entendernos como individuos y, por tanto, a dilucidar aquello que del mundo nos podría convenir o enriquecer.

Dentro de la generosa oferta que la existencia nos brinda, conformada por infinidad de estímulos, recursos y medios para nuestro beneficio, los bienes culturales (medios de expresión de los distintos pliegues del espíritu humano), se ven especialmente afectados, al no apreciarse y apropiarse con suficiencia, en su justa medida —es decir, en la proporción que beneficie al individuo y a los semejantes que forman parte de su circunstancia y condición—.

Ese vínculo superficial que sostenemos y promovemos con las cosas del mundo, también determina la relación que tenemos con las diversas expresiones culturales. Caso especialmente triste —y patético—, debido a que la cultura es obra del mismo hombre, de tal forma, que el estándar con el que tratamos a nuestra obra —o a la de nuestros semejantes—, da cuenta de la consideración y el valor neto que tenemos de nosotros mismos.

Como ningún otro tipo de producción humana, la cultura reviste una importancia fundamental. Es el medio por el que nuestro espíritu y circunstancia se manifiestan, permitiéndonos reflexionar sobre nuestras creencias y acciones, con el fin último de librarnos de las ataduras que nos impiden continuar con la búsqueda de nosotros mismos, y de nuestra ubicación en la realidad.

Como ya lo tratara Herbert Marcuse en Un ensayo sobre la liberación (1969), el carácter liberador y revolucionario del arte —la cultura en su expresión más compleja—, es la respuesta que la humanidad ha encontrado a la alineación o enajenación que constantemente amenaza con deshumanizarnos y extraviarnos.

Así, pienso que en la sociedad contemporánea —particularmente dispuesta al agravio fácil y al juicio febril—, hemos tratado de forma particularmente injusta a una parte notable de la cultura, cayendo una vez más en el reduccionismo irresponsable y la fácil generalización, cuyas consecuencias nos alcanzan y perjudican contundentemente, aunque ocurra de una forma tan sutil que no lo alcancemos a ver.

Tal vez el escándalo que en octubre 2013 desató Dylan O’Sullivan Farrow en contra de Woody Allen, al acusarlo de abuso sexual infantil en los días en los que fue marido de su madre adoptiva (Mia Farrow), fue el primer evento en el que esta forma de asociar la vida y obra de un creador de contenido, se ha generalizado y llamado sostenidamente la atención de la sociedad —el interés sobre las acusaciones contra Roman Polanski por hechos semejantes en 1977 ha sido más bien intermitente—.

En la carta de denuncia publicada en esas fechas, Dylan señala con claridad los supuestos hechos, y explica el proceso anímico por el que ha transitado.

Leyendo la misiva con atención, es posible apreciar dos claves en el texto para entender una de estas asociaciones arbitrarias —aunque completamente explicables—, que se establece entre los trabajos cinematográficos de Allen, y sus aparentes apetitos: el cuestionamiento ‘¿Qué película de Woody Allen es su favorita?’ (apertura y remate del documento), y la declaración:

‘…la tortura se agravó aún más por culpa de Hollywood. (…) Durante mucho tiempo, la aceptación de la que [Allen] ha disfrutado me ha mantenido en silencio. Me parecía un reproche personal, como si los premios y los aplausos fueran una manera de decirme que me callara y me fuera’.

La utilización del cuestionamiento como marco general del texto, establece sin base clara la relación entre la obra y el creador como persona, mientras que la aceptación explícita de la relación infundada que realizó entre las omisiones de la industria del entretenimiento y la sensación de afrenta que experimentó, fortalecen el planteamiento.

El texto no establece algún claro que hable de la manufactura, planteamiento u otro mérito o pifia del trabajo del autor, lo que me hace pensar, que más bien su sentido fue mal entendido por el público y otros creadores, que pronto tomaron una posición y decidieron sin mucha cavilación, enjuiciar y censurar ferozmente sus trabajos a partir de los valores morales de la persona.

Desde entonces, casos semejantes han pasado por el mismo caprichoso proceso, entre los más célebres tenemos el del finado Michael Jackson, el del recién sentenciado depredador sexual Harvey Weinstein, el de Kevin Spacey (desestimado), y el más reciente, el de Plácido Domingo.

Aunque la denuncia pública posee un valor curativo del todo explicable y necesario —inevitable, e incluso saludable—, se trata de una consideración que al distraerse del punto, nos juega en contra empobreciendo nuestro horizonte cultural.

Numerosas son las razones por las que es desmesurado, riesgoso e infructuoso pretender establecer este tipo de correspondencias. La más evidente, tiene que ver con la especie en la que se clasifica cada uno de los dos fenómenos: el objeto u obra, y la persona o el autor.

La obra o expresión cultural cae en el terreno de la objetualidad, en el caso concreto de una canción, película o semejante, se trata, además, de una abstracción de la realidad, de un remedo de la existencia cuya finalidad, además de servir de cauce a la expresión de su autor y su circunstancia histórico-social, es facilitarnos el entendimiento profundo de algo: la amistad, la crueldad, la voluntad, la venganza, el amor, la frustración…

El sujeto, al ser el fenómeno primero o fundante de la realidad —en su dimensión perceptiva, la única que nos interesa en el marco de la realidad social—, tiene una dimensión que se trasciende a sí misma, su integridad, su existencia y forma de proceder, es producto de la complejidad más amplia y profunda a la que el orden de las cosas puede llegar.

Mientras que los objetos son susceptibles de describirse y valorarse con base en criterios de carácter formal y tangible, que generan la mínima controversia, como la letra de una canción o la técnica fotográfica de una película, el individuo exige criterios históricos y morales para ponderarse en su justa dimensión.

Y, aunque tengan que ver —resulta evidente—, cada cosa tiene su propia estructura y forma de comportamiento, así como algunas de sus partes y maneras de funcionamiento tienen una explicación conjunta con la de otras cosas. No obstante, siempre cada una tiene su explicación particular.

En tanto cotidianamente estemos dispuestos a distinguir las cosas y los fenómenos de la realidad con claridad y razones pertinentes —tomar las peras por peras, y las manzanas por manzanas—, nuestro horizonte existencial se ampliará cada vez más —y entonces, pocas cosas serán capaces de detenernos—.

Hay que tener siempre presente que las obras o expresiones culturales que conocemos, fueron hechas precisamente para hacerse o volverse públicas, de tal forma, que esa socialización permite que la obra “se abra” a la interpretación y apropiación de las audiencias, así pues, cobra su valor y relevancia personal y social debido al ‘repliegue’ del autor a favor del sentido que la audiencia reconstruya.

Aunque efectivamente el creador sea el responsable de la obra, al hacerse pública, se encuentra impedido para realizar su entero aprovechamiento, su autoría le pertenece, pero su sentido social e histórico —su posteridad— no, esa es potestad exclusiva de nosotros. La ‘muerte del autor’ que hace más de cincuenta años anunciaría Roland Barthes.

Es decir, es el propio proceso de acceso y aprovechamiento público de una obra, el que impone de forma evidente la separación entre el agente productor y la soberana audiencia. Allí mismo se encuentran los indicios para distinguir de forma contundente los criterios que debemos utilizar para estimar a la cosa, y por otro lado aquellos que nos sirven para considerar a la persona.

Así pues, para realizar la lectura adecuada de la obra, es preciso que tomemos en cuenta que la condición humana —que no “naturaleza humana”—, es perfectible; es decir, que nuestro curso de vida está definido por la vacilación y la enmienda permanentes y, como consecuencia, por la búsqueda de la perfección, hechos que constituyen, si ponemos atención, una aceptación tácita de nuestros inevitables, pero útiles defectos.

Es muy interesante que primero, a partir de lo sofisticado de su obra, decretamos como moralmente infalible o impoluto al creador —de entrada decidimos no asociarlo con hechos o ideas negativas—, para luego a partir de esa misma obra, al identificar las carencias o faltas de la persona del autor, fingir sorprendernos y sincera, aunque gratuitamente, indignarnos.

En lo elemental el hombre es defectuoso, mientras que sus creaciones no necesariamente lo son, son fenómenos que fluyen por cursos distintos. El hombre que cree posible la perfección es un dogmático o un sociópata, mientras que una obra que no aspire a serlo es mediana, pretenciosa e insignificante —en ningún sentido digna del espíritu humano—.

Entonces, el punto pertinente de discusión gira en torno a la consistencia, lucidez y capacidad comunicativa de la obra, factores que nos hacen entenderla como un ejercicio coherente y elocuente de abstracción y revelación de aspectos (no totalidad) de la realidad, y no sobre los defectos o vicios de la persona —evidentes, debido a su condición humana—.

No nos interesa la carne y huesos, o la talla moral de Allen, Jackson, Weinstein, Spacey o Domingo, interesa que la obra nos sacuda, incluso aquello que nos sirva para señalar los defectos y posibles monstruosidades de sus personas… y de las nuestras.

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