El banco de Little Richard – La complejidad y el valor del acto en vivo

Por: Christopher Guevara

Siempre han llamado mi atención las distintas formas por medio de las que las personas decidimos construir la realidad, tanto, que en buena medida mis estudios y actividad profesional están dedicados a ese asunto.

La idea que tenemos sobre el mundo confirma qué percepción equivale a realidad. Nuestro mundo está formado por las cosas y seres que conocemos, intuimos e imaginamos, de tal modo que todo lo que ignoramos o decidimos obviar, simplemente no existe en nuestra forma de ver y entender el orden de las cosas.

Todo lo que no cae en nuestro campo sensorial o intelectual simplemente no existe, de tal forma que reducimos la dimensión del mundo al tamaño que somos capaces de percibir o de aceptar, reivindicamos nuestra subjetividad como “objetiva”, a NUESTRO mundo como EL mundo, en un acto de pueril obcecación.

Seguimos permitiendo que la soberbia —quizá el principal rasgo que nos distingue como especie—, engulla a la sensatez que hace más de 500 años Copérnico intentó cultivarnos con el descubrimiento de la única verdad: el heliocentrismo, que nos desplazó de nuestro pretendido lugar como el “centro” del universo.

Como consecuencia, bien sabemos que el ampliar nuestros horizontes resulta imprescindible para desarrollarnos de la mejor forma, sin embargo, ya que esto supone aumentar considerablemente nuestra lista de preocupaciones, es comprensible que la mayoría de las personas decida no hacerlo y prefiera vivir dando tumbos en los estrechos límites del mundo con el que dicen estar muy conformes.

Debido a que construimos la experiencia a través de nuestra percepción, la forma en la que consideramos como ciertas, objetivas y universalmente válidas nuestras experiencias sensibles, los modos en las que las socializamos, así como los recursos expresivos y materiales que utilizamos en esos procesos, constituyen los principales temas de reflexión de mi área –las Ciencias Sociales—.

Y esta inquietud, la comprensión del fenómeno de la construcción social de la realidad, cobra un matiz singular en la presente contingencia sanitaria, en la que algunos de nuestros comportamientos son –por decir algo— peculiares.

Como la pasmosa ignorancia que prevalece sobre algo tan elemental como la naturaleza de un virus, las prácticas cotidianas de higiene –ambos, asuntos que nos enseñan en la secundaria, por cierto—, o las modificaciones de nuestro consumo cultural o formas de socialización, ahora que hay que reducir nuestras expediciones fuera de casa al mínimo indispensable.

Debido más a la disponibilidad de aparatos y programas informáticos, que a la imperiosa necesidad por utilizarlos, en estos días se ha extendido la experiencia virtual en línea y su desaforada promoción.

Desde francos desvaríos como el baile de parejas por cámara web o la auscultación médica en línea –de lo más imprudente, tanto que tendría que ser ilegal—, hasta las fiestas en un chat room o los “conciertos virtuales”, en su mayor parte actuaciones de lo más lamentables, en las que alguna celebridad aún inflamada por tanto dormir y desayunar con vodka hace como que canta frente a la cámara de su Mac Book Pro –a la que le falta una aplicación de Auto-Tune, resulta obvio—, se han convertido en prácticas de moda, más curiosidades coyunturales que experiencias patentemente enriquecedoras del espíritu humano.

Bandas como Pink Floyd, que publicará un concierto semanalmente hasta que la emergencia concluya, Metallica que compartirá cada lunes ejecuciones que sus integrantes han realizado de forma remota, o Radiohead, entre muchos otros, han contribuido con el aprovechamiento del tiempo en cuarentena.

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Hasta aquí todo normal, siempre ha habido disponibilidad de conciertos en línea, pero hoy también aparecen otras propuestas que, en mi opinión, sencillamente son descabelladas, ya que de forma premeditada descartan la dimensión humana, variable que en mi opinión resulta esencial en la experiencia musical en vivo.

Como sucedió con el “concierto” que el danés Mads Langer ofreció hace unos días en su país, al que asistieron quinientas personas que enclaustradas en sus vehículos, tuvieron la oportunidad de escucharlo en vivo ¡En sus sintonizadores de FM! Ejercicio tan creativo como absurdo.

La generalización de las aplicaciones para dispositivos móviles, que comenzó hace una década, provocó un desmedido e ingenuo entusiasmo por la tecnología que nos hace considerar, sin alguna base concreta o racional, que su amplia utilización supone solamente ventajas.

Existe una escalofriante romantización de la tecnología que da en presentarla en términos redentorios.

Particularmente influyente en las clases medias urbanas, quienes son los consumidores que de forma más vigorosa promueven la adquisición y uso de artilugios tecnológicos, especialmente de aquellos que prometen cierta exclusividad y estatus, este frenesí –irracional como todos—, constantemente da la espalda a las variables humanas en la formación de la experiencia.

Por definición, lo virtual refiere al efecto del estímulo, no a lo tangible, y aunque relacionados, una cosa es el estímulo y otra la experiencia; no obstante, la mayoría de personas promueve la idea caprichosa de que es lo mismo, que si la experiencia es real, entonces lo virtual también lo es.

Cuando en realidad sucede que la experiencia virtual permite la formación de habilidades cuyo proceso de adquisición, al carecer de contacto con la complejidad del mundo, las vuelven habilidades virtuales, útiles, incluso necesarias para el aspecto en línea de la vida, pero hasta ahí.

A pesar de su apariencia de “realidad”, la experiencia virtual nos hace especialistas o expertos en el uso de herramientas, pero no socialmente habilidosos, de allí que a la postre, ese ingenuo entusiasmo resulta desastroso, deshumanizador.

En el caso del recital en vivo, la propuesta de complicidad que se da entre el artista y la audiencia, que supone el juego de todas las pistas de la comunicación, incluyendo el manejo del espacio, el tacto, el tiempo y la gestualidad, tiene como propósito saturar los sentidos y con ello abrir la puerta a la experiencia humana en su plenitud… frente a esto, es fácil notar la pobreza de la experiencia virtual.

Es evidente que ZOOM no es capaz de transmitir el ímpetu de la distorsión de la guitarra de Jack White y erizar la piel. Es evidente que el “hombro a hombro” de un concierto de los Stones no puede ser sustituido por la pantalla múltiple de Messenger Rooms. Es evidente que el slam grabado de un concierto de Iron Maiden no sustituye el fajarnos a golpes en el estadio. Es evidente que la grabación del mosh de Iggy Pop en un concierto de The Stooges, subida a YouTube, no tiene algo que ver con el performance de Iggy Pop.

No obstante, la mayoría embobada sostiene que sí. Han decidido creer —sostener un acto de fe—, que efectivamente algunas cualidades y capacidades humanas pueden sustituirse, que da igual el medio que utilicemos para convivir, que basta tener contacto con los demás y el resto se dará “solo”. Reducen la interacción y los vínculos colectivos a una vulgar racionalidad instrumental.

Se han convertido en posesiones de su creación –de sus obsesiones más torcidas y yermas—, en el orgullo del impedido de Narciso; en el crío inepto que necesita de la negligencia paternal de Prometeo que, aunque empujada por el amor, jodió a la humanidad volviéndola incompetente y atenida.

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