El banco de Little Richard – Todos le debemos algo a Little Richard

Por: Christopher Guevara

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Recién se ha cumplido un mes de la partida de Little Richard, y como suele suceder, pronto pasamos a otras cosas.

Me parece que la intensa reacción del mundo de la música, nos alejó de la oportunidad para realizar un necesario ejercicio de reflexión sobre la herencia que Richard dejó al mundo de la cultura, así en su sentido antropológico, no solamente en términos musicales.

Tengo la impresión de que sobre todo las generaciones más jóvenes no tienen mucha idea sobre la dimensión del personaje, y el significado vital del rock, eso en algún sentido contribuye a que se mantengan alejados de su propia condición juvenil —en mi ejercicio docente de años, he podido constatar la pasmosa cantidad de jóvenes que son de alma e ideas más bien vetustas—.

El deceso de alguien conocido o estimado no solamente nos recuerda nuestra propia finitud, en mi opinión la reflexión más fácil y poco significativa que provoca el tema de la muerte; nos sacude debido a que notamos que poco a poco perdemos los nortes a partir de los que comprendemos y enfrentamos la vida, haciendo muy patente el riesgo de extraviarnos, poco a poco nos quedamos huérfanos —justo mientras escribo estas líneas, me entero que uno de mis mentores más apreciados acaba de fallecer—.

No es verdad que la vida se acabe, así como no notamos el momento en el que nacemos, tampoco es posible darnos cuenta cuando dejamos de existir —por más que la angustia y la enfermedad nos haga ‘presentir’ la muerte—, más bien la existencia va perdiendo su fulgor, y eso nos brinda la oportunidad para apreciarla.

¿Pero qué ocurre cuando perdemos no a uno de nuestros referentes, sino a un punto de quiebre, al factor de un cisma fundamental? Eso es distinto… mucho.

Como pocas expresiones de la cultura, el nacimiento del rock no solamente respondió a las necesidades personales de Little Richard, sino que su alumbramiento fue provocado por la propia sociedad de los 50: los asuntos pendientes que durante décadas se negó a enfrentar le estallaron en la cara —como dirían los gringos, el elefante de la habitación se hizo notar con un estornudo, y causó un desmadre—.

La obra de verdaderos iconoclastas a lo largo de la historia más bien ha sido extraordinaria, la mayoría de las ocasiones, el desacato a la norma responde a cálculos políticos o económicos, más que a genuinos impulsos vitales… no fue el caso de Richard.

Su incursión en la posteridad fue a tres pistas: la juventud, la sexualidad y la condición étnica, ámbitos por medio de los que la existencia se manifiesta con un vigor mayúsculo, y que dan cuenta del vitalismo característico del rock.

La muy paranoica clase media refugiada en los suburbios, hechizada hasta la médula con las banalidades atrofiantes de la modernidad, vivía de forma negligentemente cómoda hasta que el rock pateó el pesebre e hizo que los jóvenes que criaba para conservar inerme el orden de las cosas, notaran que ese mundo que iban a heredar era difícil de tragar, ya que no tenía algo que ver con ellos.

Los jóvenes-jóvenes —aquellos que entienden que el conservadurismo es el cobarde anhelo de los timoratos—, cayeron en cuenta que esta novedosa expresión musical era su voz, ya que recogía sus inquietudes existenciales. Así es que, de forma sumamente frustrante —aunque humorística—, los padres de esos mismos jóvenes se vieron obligados a proveerlos de la plata necesaria para comprar los álbumes de Little Richard, y dejar que la voz del diablo se instalara en casa.

El rock le brindó a la juventud la oportunidad para expresarse, gracias a eso adquirió el valor necesario para plantarse frente a sus padres, desafiarlos y obligarlos a reconocerlos como capaces —o incompetentes, pero por derecho propio—: El rock rescató el espacio de los jóvenes que durante décadas estuvo regenteado por los adultos.

El grito desaforado con el que Richard tiñó Tutti Frutti (1956) —el título es un término que en jerga quiere decir gay, por cierto—, resultó vitalmente emancipador: La letra de la rola —coescrita ni más ni menos que por una mujer, Dorothy LaBostrie, igual de ‘loquita’ que Richard—, aunque por razones de viabilidad comercial fue suavizada de la original (‘Tutti Frutti, good, booty. If it don’t fit, don’t force it. You can grease it, make it easy’ —quien le entendió, le entendió—), conservó su sentido escandaloso, y fue gracias al sonido pegajoso de la canción que el productor Robert Blackwell se salió con la suya, y logró hacerla retumbar en los oídos vírgenes pero nada ingenuos de los chavos —siempre ha llamado mi atención cómo los adultos consideran que los niños y los jóvenes son idiotas—, ¡Hay que tener en cuenta que sucedió 35 años antes de que la homosexualidad fuera retirada del catálogo de enfermedades de la OMS!

Así, se convirtió en uno de los indiscutibles antecedentes de la revolución sexual iniciada en la década siguiente, que valientemente sentenció al mundo que no valía la pena aspirar a la felicidad bajo el dictado de terceros, justo como nos lo hiciera notar Immanuel Kant dos siglos atrás. Little Richard fue a la cultura popular de Occidente, lo que Martín Lutero al cristianismo.

En un tercer sentido, el rock tiene un mérito como reivindicación política y étnica. También contribuyó escupiéndole a la sociedad en la cara el ignominioso problema de segregación racial que puerilmente se ha rehusado a ver —hoy tenemos muy claro que Colin Kaepernick siempre tuvo razón—.

Aunque no lo buscó de forma deliberada, Little Richard tenía muy claras las implicaciones raciales y políticas de su trabajo. A pesar de que era un ser de entrada descartado: negro de una familia modesta de Georgia en los 50, miembro de una prole de 12 hijos y homosexual que trabajaba lavando loza, logró enfrentar exitosamente los prejuicios de aquellos años.

Debemos tener presente, que Richard descolló justo en la época en la que se dieron los hechos más vergonzosos y relevantes de la lucha social por los derechos civiles de las minorías étnicas en los Estados Unidos (1955-1963). Como el asesinato del adolescente afroamericano Emmett Till, ocurrido en una ciudad de Mississippi en 1955, a cuyo funeral asistieron más de 50 mil personas; las protestas y boicots que generó la impertinencia de Rosa Parks, que en ese mismo año se negó a cederle su asiento a un varón blanco en un autobús de Alabama, y la crisis de Little Rock (Arkansas), desatada tras la negativa estatal de permitir a nueve niños negros cursar sus estudios en una de las secundarias públicas de la ciudad.

A diferencia de otras expresiones musicales, el rock que nos regaló Richard tiene una complejidad musical y política mayor. Su obra nos enseñó que nuestra mayor obligación consiste en tener los arrestos y la dignidad suficientes para hacernos un lugar en el mundo, uno propio, no adoptar o remedar el de alguien más.

La elocuencia y concisión de las palabras de Steven Van Zandt: ‘Fue el arquetipo’, y de Keith Richards: ‘Él fue el verdadero espíritu del Rock’n Roll’, dan cuenta de la talla fundamental de Little Richard.

Ese pianista negro, homosexual, que cantaba góspel, ejecutaba de pie el piano (para no usar el banco y tener libres las pelotas), y cantaba sobre las ganas desbocadas de vivir, bien sabía lo que le heredó al mundo: uno de los principales cauces expresivos del alma humana.

*Dedicado a la memoria de Gerardo Salcedo Romero (1959-2020), uno de los promotores culturales más importantes (e ignorados) de los últimos 30 años en este país.

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